EL ARTE (Y LAS MANUALIDADES) NOS SALVARÁN LA VIDA. REFLEXIONES SOBRE EL LA EDUCACIÓN ARTÍSTICA EN LOS HOGARES CONFINADOS

Por  Andrea De Pascual, Clara Megías, Eva Morales y Carmen Oviedo

Desde el inicio del confinamiento se han abierto muchos debates en lo que se refiere a la educación, el arte, sus lugares, sus aportaciones, sus futuros y sus fracasos. El presente texto tiene como objetivo exponer nuestro punto de vista como creadoras e investigadoras en el cruce del arte y la educación. Como miembros del colectivo Pedagogías Invisibles sentimos que, en particular, nos atraviesa de forma directa el debate en torno al papel de las manualidades, la educación artística y la cultura en el hogar, espacio en el que confluyen ahora más que nunca las necesidades educativas y de bienestar de las personas que lo habitan.

 

Uno de los posts que corrió como la pólvora durante las primeras semanas de confinamiento decía lo siguiente:

 

Leer este texto, además de provocarnos una sonrisa de complicidad, inició una serie de reflexiones que compartimos y debatimos durante días. ¿A qué tipo de prácticas artísticas estaba haciendo referencia? ¿Qué paradigma de las artes se estaba dando por hecho en esta afirmación? ¿Lo que estaba sucediendo en los hogares corresponde a lo que nosotras consideramos como educación artística en nuestras acciones, charlas y escritos?

 

 

En mitad de este debate, María Acaso publicó un artículo[1] en el que defendió, como lo viene haciendo desde que escribió ¨La educación artística no son manualidades¨, la necesidad de incluir en los hogares una educación artística que no puede ser definida como un pasatiempo, sino que debe abordar problemáticas actuales para activar el pensamiento crítico y que debe emplear estéticas contemporáneas. Estos principios están alineados con nuestro posicionamiento y nuestras prácticas, un mantra que creemos que hay que seguir repitiendo hasta que los procesos artísticos contemporáneos sean incluidos en el sistema educativo como formas de conocimiento tan importantes como el pensamiento lógico-matemático. Sin embargo, creemos que en este artículo Acaso mezcló dos fenómenos diferentes: la defensa de una educación artística de calidad y las necesidades y retos[2] a los que las familias nos enfrentamos en estos momentos.

 

Como réplica a este artículo, semanas más tarde Rafael S. M. Paniagua publicó en ctxt un artículo[3] en el que tachaba a Acaso de aguafiestas y defendía que la realización de manualidades en las que muchas familias están ahora volcadas es una práctica cultural emancipadora similar a las producidas durante el 15M. Despreciando el desprecio de Acaso hacia los collares de macarrones, en su texto, Paniagua pone en valor los procesos de creación artística en la escuela equiparándolos a los procesos vinculados a las manualidades que se dan en el hogar.

 

Desde nuestro punto de vista, de nuevo se confunde la responsabilidad institucional de la escuela como garante de procesos de creación de ciudadanía crítica (no olvidemos que los procesos artísticos son una herramienta fundamental para trabajar el pensamiento crítico) con las producciones artísticas y culturales que están aconteciendo en los hogares.

 

Lo que está claro es que el debate ha ido creciendo y por fin los medios de comunicación destinaban un espacio a su divulgación. La educación artística nunca ha sido protagonista de titulares en periódicos y telediarios, quedando relegada a un segundo plano y siendo ninguneada tanto por el ámbito cultural como en el sector educativo. No debemos olvidar que, como indica el post que hemos citado al inicio de este texto, la educación artística es considerada una asignatura de poco valor académico y, como evidencia, nos remitimos a la última ley educativa que directamente la eliminó como asignatura obligatoria del currículum oficial. Por todo ello, y por ser honestas con nosotras mismas, hemos realizado un esfuerzo colectivo para escribir este artículo cuyo objetivo es aportar nuestro punto de vista a este debate[4].

 

En primer lugar, reiteramos la falta de precisión a la hora de describir y diferenciar estos dos ámbitos (el escolar y el familiar) que actualmente se funden en nuestros hogares. Aunque creemos firmemente que la educación es un proceso expandido y que cualquier contexto es un lugar para el aprendizaje y, por tanto, es susceptible de ser analizado pedagógicamente, en este caso, no se pueden analizar con la misma lente las tareas que los docentes piden a sus estudiantes confinados y las actividades que las familias desarrollan para que sus hijas pasen de la mejor manera posible el tiempo encerrados en casa. Esta confusión puede tener origen en algo que nosotras mismas estamos viviendo en primera persona: las familias (que podemos) estamos asumiendo gran parte del papel educativo de la escuela, teniendo que compatibilizar el apoyo en las tareas escolares con la conciliación familiar y el teletrabajo.Es importante ser consciente de que las necesidades, objetivos y herramientas del ámbito escolar y del doméstico no son necesariamente las mismas.

 

En segundo lugar, en los dos artículos antes mencionados echamos en falta ejemplos concretos mejor desarrollados. Por una parte, retomando la propuesta de Acaso, nos preguntamos qué significa realizar actividades que fomenten el pensamiento crítico en el hogar más allá de ver películas y analizarlas. Y, por otra parte, haciendo alusión a las ideas de Paniagua, nos gustaría saber en qué aspectos es comparable la generación de cultura del 15M con las actividades que estamos desarrollando en el hogar confinado.

 

Es aquí donde creemos que podemos aportar un nuevo punto de vista al debate  compartiendo reflexiones acompañadas de ejemplos concretos basados en nuestra experiencia como madres (que inventan maneras para que el tiempo de confinamiento sea lo más sano y creativo posible para nuestras hijas) y en nuestro trabajo como creadoras e investigadoras del ámbito del arte+educación en educación formal, no formal e informal.

 

 

EL USO DE LAS MANUALIDADES COMO EJERCICIO DE PENSAMIENTO CRÍTICO EN EL HOGAR

 

Estamos de acuerdo con Acaso en que, durante el confinamiento, se podrían realizar otro tipo de actividades (escolares y familiares) más allá de las manualidades. De hecho, si el arte fuera una herramienta de aprendizaje transversal en la escuela, muchas más docentes estarían asignando tareas a su alumnado relacionadas con procesos artísticos para trabajar contenidos de cualquier asignatura y, sobre todo, teniendo en cuenta la necesidad señalada por las propias docentes de proponer tareas más atractivas para realizar en casa durante el confinamiento que los habituales ejercicios de los libros de texto[5].

 

Debido a esta falta habitual de actividades artísticas que aborden de manera crítica los contenidos del currículum (educación formal), muchas madres se han planteado suplir esta carencia durante el confinamiento. Una de las problemáticas a las que nos enfrentamos, en este caso, es la dificultad de encontrar recursos y materiales de apoyo en esta línea. Siendo conscientes de que ya se está trabajando en ello, nosotras creemos que los museos y centros de arte, dada su experiencia en el diseño de proyectos educativos, podrían ofrecer recursos en este sentido.

 

Un ejemplo que puede ilustrar la utilización de las manualidades como ejercicio de pensamiento crítico en el hogar es la experiencia desarrollada por Andrea con su hija Dani (4 años). En la escuela, antes del inicio de la pandemia, en el Ciclo de Educación Infantil se estaba realizando un proyecto enfocado a conocer la  Prehistoria: cavernícolas, mamuts, herramientas, fuego… Aprovechando el interés que esta temática había despertado en Dani, Andrea se propuso profundizar en algunas cuestiones relacionadas con el género, la sostenibilidad y otros aspectos culturales. Buscó recursos en internet, pero lo que encontró o bien había sido diseñado para público adulto, o se reducía simplemente a fichas para colorear. Llegada a este punto, decidió crear sus propias actividades. Dibujaron las tareas de los seres humanos prehistóricos y su distribución entre hombres y mujeres, narraron historias inventadas de esa época que grababan y editaban añadiendo sonidos y crearon sombras chinescas representando mamuts y la caza de los mismos.  Todas estas actividades iban acompañadas de preguntas que pudieran dar pie a reflexiones sobre problemáticas actuales como la extinción de los animales prehistóricos, el cuestionamiento de los roles de género, la contaminación acústica o el consumo sostenible de los recursos naturales. Con un lenguaje oral y artístico propio de una persona de cuatro años, se abordó un contenido concreto desde una perspectiva crítica y conectada con la contemporaneidad.

 

Se trata de  un ejemplo de cómo desde la educación no formal y, en concreto, en el ámbito doméstico, podemos emplear el arte como herramienta para desarrollar una mirada crítica hacia los contenidos del currículum escolar, en la línea de lo que Acaso defiende en su artículo. Pero, como hemos comentado anteriormente, creemos que el fenómeno cultural que se está produciendo en los hogares durante la pandemia trasciende el problema de la ausencia de actividades artísticas que fomenten el pensamiento crítico en el actual sistema educativo. Son muchos  los retos a los que se enfrentan las familias con hijas pequeñas durante la pandemia que no están relacionados directamente con la educación formal, sino con esta nueva situación, y que pueden dar protagonismo a la creación artística como una estrategia que garantice el bienestar de toda la familia.

 

LAS MANUALIDADES COMO EXPRESIÓN CULTURAL ANTE LOS RETOS DEL CONFINAMIENTO

 

Aunque no aporta ejemplos concretos, estamos de acuerdo con Paniagua en que la forma de generar cultura por medio de las manualidades en los hogares podría ser comparable a los procesos generados en el 15M. Creemos que la creación artística (y las manualidades) durante la pandemia ha sido la respuesta ciudadana a una carencia social e institucional: la ausencia de espacios para la creación al margen de las lógicas del consumo capitalista. Se trata de un fenómeno cultural que parte de la necesidad de crear algo nuevo, construir, manipular, tocar, sentir, comunicarse y celebrar, como alternativa al consumo pasivo de la oferta cultural y de entretenimiento que ofrecen las distintas plataformas y medios de comunicación. Un tipo de oferta que se reduce básicamente a mirar una pantalla, donde la interacción queda totalmente reducida. Además, observamos que muchas de estas manifestaciones tienen resonancias en el arte contemporáneo. El porqué de que estas formas de expresión cultural estén adquiriendo tanta importancia en estos momentos viene definido, a nuestro parecer, por los retos a los que el confinamiento nos ha hecho enfrentarnos como sociedad: el reto creativo, el reto sensorial y el reto social.

 

 

El reto creativo

 

La vida como la conocíamos se destruye ante nuestra incredulidad. Sin tener tiempo ni de decirle “hasta luego,” nos enfrentamos a una realidad quebrada en la que prolifera la necesidad de crear. Construir algo para nosotras mismas, para nuestras hijas, nuestras vecinas, que nos de la satisfacción de hacer algo, de aportar algo. Nos apremia saciar la necesidad de crear algo tangible, de construir con nuestras propias manos en momentos cuando todo parece que se derrumba. Este fenómeno ha traído consigo el crecimiento exponencial de la cultura maker [6]que, sin duda, ha sido derivada del reto creativo que se nos ponía por delante.

 

Estamos teniendo acceso a un sinfín de tutoriales que nos ofrecen pautas para crear algo nuevo a partir de lo que tenemos en casa. Podemos seguir al pie de la letra los pasos que describen estos tutoriales u optar por adaptarlos a nuestro antojo (o incluso remezclarlos con otras propuestas). El grado de creatividad empleado para realizar nuestras creaciones dependerá de nuestra capacidad para convertir estos procesos en producciones culturales propias.

 

Después de llevar encerrado en casa tres semanas, Mauro (1 año y medio) había agotado las posibilidades lúdicas de su hogar. Clara (su madre) no paraba de inventar todo tipo de experiencias y materiales de juego reutilizando todos los materiales que tenía a mano. Empleaba varias horas al día navegando por blogs y cuentas de Instagram centradas en recopilar y compartir actividades para la primera infancia, mientras diseñaba sus propias propuestas que, a su vez, compartía en redes sociales para ayudar a otras madres en su misma situación.

 

Un sábado por la mañana se propuso el reto de crear una cabaña para Mauro usando cajas de cartón que acumulaba en la terraza. Desplegó todo el cartón por el salón y empezó  a construir una estructura en la que su hijo pudiera entrar y salir, con distintos orificios y puertas de acceso para que el niño creara distintos juegos combinando el interior y el exterior de la cabaña. No quería construir  la típica casita estereotipada, sino más bien un espacio algo más abstracto, que pudiera ser interpretado de diferentes maneras. Buscó referentes en Internet tanto de lo que quería (ejemplos de artistas que han construido instalaciones con cartón y cinta de embalar como los habitáculos de Thomas Hirschorn) como de lo que no quería hacer (productos comerciales estereotipados de casitas a la venta que se reducen al imaginario manido de la casa con tejado a dos aguas) y finalmente creó la construcción que mostramos en la imagen. Por suerte, el esfuerzo mereció la pena. Mauro jugó entusiasmado con la cabaña que fue poco a poco sufriendo modificaciones y reparaciones hasta que, después de un mes de uso, se vino abajo.

 

La construcción de este habitáculo de cartón supuso una experiencia del todo satisfactoria para Clara. Sirvió para colmar su necesidad de buscar una solución creativa a uno de los desafíos que le había planteado el confinamiento: ofrecer a su hijo experiencias novedosas para paliar las consecuencias de haber sido privado del juego en el exterior. Pero, además, el mismo proceso de construcción de la estructura fue en sí mismo una experiencia placentera para ella, quien pudo de este modo evadirse de la rutina alienante que le imponía alternar sin tregua teletrabajo y cuidados sin tiempo para desarrollar sus proyectos y cuidados personales. Llegadas a este punto nos preguntamos, ¿para quién había creado la cabaña? Para su hijo por supuesto, pero también para sí misma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El reto sensorial

 

Nos han encerrado entre cuatro paredes y hemos tenido  que recuperar el uso que hacemos en nuestro día a día de todos los sentidos (y no solo de la vista frente a la pantalla). Tocar, oler, saborear, bailar…, utilizar todas nuestras capacidades corporales. Actividades como hacer pan, yoga, crear un pequeño huerto o modelar con plastilina, parten de la necesidad de manipular con las manos y de generar experiencias estéticas y sensoriales que nos saquen de la bidimensionalidad de las pantallas en un mundo donde no podemos abrazarnos porque no podemos tocar.

 

Se trata de  actividades que ponen el placer del proceso de creación en el centro. Amasar el pan no solo para poder comértelo, sino por el hecho de disfrutar haciéndolo; del tacto de la harina, del olor del tostado y finalmente el sabor de una producción propia. Además del asombroso fenómeno masivo del horneado de pan, podemos señalar otras manifestaciones sensoriales que hemos podido observar en redes, como la proliferación de recetas para conseguir experiencias ASMR[7] accesibles para todo el mundo (arena cinética o slim casero), o la transformación del salón de casa en pista de baile intermitente donde practicar libremente todo tipo de bailes y coreografías. Para muchas personas estas experiencias están suponiendo momentos de gran disfrute que ayudan a vivir el presente en un tiempo de futuros muy inciertos.

 

Durante las semanas que permanecimos en casa sin poder salir a la calle, Teo (2 años y medio) sufría por su insaciable necesidad de interactuar con el medio exterior. Eva (su madre), preocupada por los efectos nocivos que el aislamiento producía en su hijo, le propuso realizar una serie de figuras de plastilina recreando elementos presentes en sus paseos por la calle. Después de probar reproduciendo distintos elementos urbanos, Teo mostró especial interés por la recreación de cacas y charcos, con los que enseguida buscó cómo relacionarse. Inventó un juego: dado que, según su criterio, las cacas no se pueden pisar, pero los charcos si, diseñó un circuito en el que debía saltar sorteando los excrementos y pisoteando de manera efusiva los charcos. Continuó el juego, buscando un  propietario para  cada una de las deposiciones: una para sus abuelos, otra para sus tías, etc., reservando una para sí mismo. El juego finalizó pisando todas las cacas y mezcándolas con los charcos, creando sobre el suelo una masa informe que a Eva le recordó a las instalaciones de Magdalena Atria.

El juego libre con diferentes elementos sensoriales ayudó a Teo a aliviar la necesidad de interacción con el entorno. En esta experiencia se combinó el placer estético con el juego espontáneo: observar cómo el material se transformaba al aplastarlo, estrujarlo y amasarlo con pies y manos; apreciar cómo se combinan las formas y los colores creando diversas composiciones; interactuar con las figuras moviendo todo el cuerpo. Este juego sensorial y motriz fue la solución que Teo y Eva encontraron para sustituir el inimitable e imprescindible juego infantil al aire libre.

 

 

El reto social

 

Otra de las facetas que ha proliferado estos días de encierro ha sido el acto de compartir a través de las ventanas o balcones. Aplausos, dibujos de arcoíris y de corazones verdes (movimiento promovido por la Asociación de Profesores de Dibujo de Madrid), conciertos y vermuts, han convertido  estos espacios en lugares de colectividad respondiendo al reto de lo social que la pandemia nos lanzaba. La necesidad de estar juntas, a pesar de estar aisladas, de sentirnos reconocidas en las otras y lanzar un mensaje común.

 

Este compromiso social en torno a una problemática concreta ha generado gestos simbólicos de gran potencialidad:  Estéticas sociales (Suzanne Lacy) o esculturas sociales (Joseph Beuys) que nosotras leemos a partir del cruce del lenguaje de acción y de la cultura popular, y que se han vivido como rituales comunitarios de celebración de un “nosotras”. En ellas percibimos un lugar (la ventana/el balcón) en el que el arte se ha convertido en un espacio significativo y de resignificación en el que desarrollar nuevas formas de representación y de creación de afectos. Momentos en los que las diferencias entre arte y vida se diluyen de tal manera que son imposibles de diferenciar.

 

Un buen ejemplo de este tipo de experiencias  lo conocemos por la familia de Susana (madre), Javier (padre), Rita (5 años) y Olivia (2 años) que promovieron un bingo vecinal. Habían visto esta idea en las  redes sociales y decidieron ponerla en marcha. Para ello aprovecharon uno de los aplausos de las ocho de la tarde para proponérselo a sus vecinas. La gente se animó y al día siguiente se repartieron cartones de bingo a través de los buzones, con todas las medidas higiénicas necesarias. A las 17:30 de la tarde la familia sacó el bombo al balcón y fueron cantando los números. Se prepararon premios y los ganadores del día se hicieron cargo de la recompensa para la siguiente partida. Llegaron a repetir el evento en 5 ocasiones, variando el número de participantes. Fue una experiencia colaborativa que ayudó a aquellos que participaron a compartir y disfrutar su cotidianidad con otras personas más allá de la familia núcleo con la que estaban confinados.

 

Esta acción nos recuerda a muchas obras de la práctica del arte relacional o participativo, pero es la manifestación de hologramas contra la ley mordaza que tuvo lugar en abril de 2015 convocada por la plataforma “No somos delito”, la que más nos resuena en estos momentos. Por aquel entonces era una ley  que prohibía aglomerarse frente al congreso de los diputados, hoy es una pandemia la que no deja juntarnos, pero el reto social en ambas ha generado increíbles procesos creativos que han visibilizado un nosotras en resistencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ARTE IMITA A LA VIDA, PERO LA VIDA SIGUE SIENDO MÁS INTERESANTE

 

Ahora que estamos a punto de terminar de escribir este texto ha retornado a nuestras conversaciones una de las primeras lecturas compartidas que hicimos hace ya 10 años, La educación del des-artista de Allan Kaprow, cuando el colectivo Pedagogías Invisibles se reunía para debatir sobre el papel del arte en la educación y la educación en el arte. Una de las citas que nos gustaría rescatar es aquella que dice “todo gesto, pensamiento y acto puede convertirse en arte según el capricho del mundo del arte”, y nosotras añadimos que también según el capricho de la vida y de las circunstancias que nos han tocado vivir.

 

Los retos a los que nos hemos enfrentado durante la pandemia quizás sean los mismos a los que estábamos expuestas antes, pero estos se han hecho más evidentes y explícitos en los hogares confinados. Han sido sorprendentes las propuestas espontáneas que se han producido y compartido en las redes. La creatividad, potencia y pertinencia de todas ellas nos han ayudado a ampliar y matizar nuestra visión del papel del arte en la educación (formal, pero sobre todo no formal) y en la vida cotidiana.

 

Como especialistas en arte+educación, siempre hemos defendido el arte como una herramienta para reflexionar de manera crítica sobre los problemas del mundo que habitamos, pero el Coronavirus nos ha traído una oportunidad de recordarnos que el arte también consiste en crear algo nuevo a partir de los despojos de un mundo en decadencia; que los procesos creativos nos ofrecen el placer de vivir experiencias estéticas y lúdicas que activan el cuerpo y los sentidos obligándonos a salir de la pantalla;  y que las acciones artísticas son herramienta para celebrar el estar juntas y poder contar las unas con las otras.

 

Hemos echado mano del arte, de las manualidades y de la cultura para producir nuevos significados de las mismas en nuestras vidas. Hemos usado el pensamiento artístico para desarrollar nuevas formas de crear y experimentar en los hogares. Y, en última instancia, hemos dejado patente, sin necesidad de explicitarlo, que el arte está en la vida y la vida en el arte, aunque la vida siga pareciéndonos más interesante.

[1] https://elpais.com/sociedad/2020-03-27/por-que-tanto-papel-higienico-no-podia-ser-bueno.html

[2]  Unos retos que ahora más que nunca se ven marcados por las brechas sociales que se han magnificado debido a la pandemia, y la expulsión de parte del alumnado del sistema educativo telemático.

[3] https://ctxt.es/es/20200401/Culturas/31986/maria-acaso-cultura-15M-confinamiento-rafael-sm-paniagua.htm

[4] El contenido de estos artículos de Acaso y Paniagua sumado a otras publicaciones y debates en las redes son cuestiones que ocupaban nuestros pensamientos y conversaciones, pero sumidas en el reto que supone combinar teletrabajo con los cuidados de nuestras hijas, no encontrábamos el tiempo necesario para profundizar en ellas y compartir de manera pública nuestro punto de vista.

 

[5] Es de agradecer el esfuerzo que están realizando organizaciones como el Cefire de Valencia, quienes han centrado parte de su actividad durante la pandemia en crear recursos artísticos para abordar contenidos de distintas asignaturas y niveles escolares.

[6] La cultura maker, a veces también conocida como: “cultura hacedora”, “movimiento maker” o la “tercera revolución industrial”, es una cultura o subcultura contemporánea que representa una extensión basada en la tecnología de la cultura. DIY (Do it Yourself o hágalo-usted-mismo). Esta promueve la idea,de que todo el mundo es capaz de desarrollar cualquier tarea en vez de contratar a un especialista para realizarla.

[7] El término ASMR (del inglés Autonomous Sensory Meridian Response, «Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma») es un neologismo que hace referencia a una experiencia caracterizada por una sensación estática u hormigueo en la piel que normalmente comienza en el cuero cabelludo y recorre la parte posterior del cuello y la parte superior de la columna vertebral.

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