MUSEOS Y AFECTOS. LA INSTITUCIÓN CULTURAL COMO AGENTE POLÍTICO DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL

Por Carmen Oviedo Cueva

Artículo publicado en Buchaca 2018, revista anual editada por TEOR/ética, Costa Rica. Haz click aquí para acceder a la publicación completa.

 

No es habitual, en el ámbito de la cultura, encontrarte con personas que se pirren por conocer a fondo las políticas culturales de su entorno y los marcos jurídicos que las amparan, para intentar comprender las complejas estructuras sociales, políticas y económicas que las impulsan. Pero este sí es mi caso. En mi labor como coordinadora en Pedagogías Invisibles y miembro del Grupo de Educación de Matadero Madrid (hasta su fin de residencia en el 2018), he intentado cuestionarme e investigar sobre la institución cultural como lugar de producción de conocimiento crítico y emancipado. A continuación, os comparto una serie de reflexiones que atienden a una pregunta que ronda mi cabeza desde hace tiempo. En un contexto en el que la institución cultural se despolitiza, en la medida en que se pone al servicio de lógicas de acumulación y de la reproducción de relatos hegemónicos; ¿cómo podemos hacer que éstas empiecen a entenderse a sí mismas como agentes políticos de transformación social?

 

 

HAGAMOS CULTURA, NO PATRIMONIO

El pensamiento neoliberal detecta nichos de explotación comercial en todos los ámbitos de la sociedad, y la cultura no queda libre de este proceso de capitalización. El efecto socio-político más inmediato es que la cultura deja de entenderse como un bien común para entenderse como un recurso. De esta manera, en un momento de consumismo voraz, la cultura y por ende la institución cultural, se pone al servicio de premisas propias de una mercadotecnia neoliberal a través de políticas culturales que promueven líneas de acción basadas en estándares de eficiencia cuantitativos y no cualitativos.

Nos referimos a políticas que no amparan procesos que se ubican fuera de las lógicas de producción y acumulación y que miden sus éxitos y fracasos basándose en el número de visitantes o la cantidad de actividades programadas, en vez de centrarse en el impacto social que éstas producen o la transformación que tienen en su entorno.

Como efecto inmediato de esta cuestión está el hecho de que la institución cultural comienza a gestionarse como si de un patrimonio privado se tratase. Nos encontramos con instituciones culturales y museísticas que han olvidado que la responsabilidad no la tienen con el interior del Museo, sino con el exterior, con la sociedad y el contexto que las circunda.

La institución cultural, como espacio en el que se articula la generación de cultura, debe tener una función de representación de la sociedad, como lugar de relación y construcción de tejido social que es. Si esta premisa no está clara a la hora de esbozar las políticas culturales que le van a servir de marco de acción, tendremos instituciones autorreferenciales, interesadas en desplegar un discurso propio y no en generar nuevas capas de conocimiento y pensamiento crítico en torno a temas de relevancia social.

 

 

EL MUSEO ES UNA FÁBRICA

Si la cultura es un recurso, el museo es la fábrica en la que se produce. La institución cultural contemporánea se ha convertido en una suerte de fábrica post-fordista: planificación, instalación, carpintería, mantenimiento, visitas, más visitas, exposiciones temporales, transporte de obra, seguros, construcción, residuos… El concepto “producción” está en el centro de toda la actividad del Museo. La programación se cierra como mínimo a dos años vista; no hay tiempo para la reflexión, no existe el espacio necesario para pararnos y pensar cuál es el verdadero sentido de lo que hacemos. La gigantesca bola del capital empieza a rodar y es imposible pararla.

Los ritmos frenéticos no permiten las construcciones críticas de conocimiento, no hay tiempo para poner en cuestión las políticas culturales por las que nos estamos rigiendo.

Esta cuestión se hace especialmente alarmante si tenemos en cuenta que, como mencionábamos antes,  el Museo es un lugar de legitimación de relatos poder. Este poder se desenvuelve a través de innumerables elementos cotidianos que ejercen una violencia simbólica sobre el visitante, pero que no son percibidos por esa noción de cotidianeidad a la que aludíamos, pero que modifican profundamente nuestra experiencia: catenarias que guían, carteles que demandan silencio, audioguías que imponen un discurso y mediadoras que reproducen las narrativas preestablecidas porque no se les ha dado el lugar de relevancia que merecen como para generar discursos propios y remover conciencias para que otros también lo hagan. Todos estos elementos de control cumplen una doble función: por una parte, posibilitan que los estándares de eficiencia cuantitativos del Museo crezcan de manera exponencial (ya se sabe, cuanto mejor ordenado, más cabe) y, por otra parte, impiden una generación crítica y emancipada de conocimiento.

 

¿Cómo es posible que en la institución de generación de conocimiento por excelencia (además de la escuela), haya tantos dispositivos que impidan generarlo? Lo cierto es que el desinterés por parte de la institución cultural por proponer dispositivos de participación activa pone de manifiesto que la vocación de estos no es la producción de conocimiento y que su misión no es contribuir a fortalecer el tejido cultural de su contexto. El Museo es un lugar de reproducción de narrativas de poder que se sirve de lógicas productivistas para caer en dinámicas frenéticas que lo despolitizan y lo asimilan a una fábrica.

 

CONFLICTO CAPITAL VIDA

Para poder generar una contra-narrativa en torno a estas cuestiones es preciso ubicarnos de manera crítica frente al conflicto capital-vida.

Para entender todo esto fue crucial el momento en el que el libro “Subversión feminista de la economía”[1] de Amaia Pérez Orozco, llega a mis manos. Era la época en la que comenzaba a cuestionarme a cerca del potencial de las instituciones culturales como agentes políticos de transformación social, y este libro me puso el foco en el lugar adecuado: el conflicto que existe entre las lógicas que atienden al capital y las que atienden a la vida.

Parte de la premisa de que, tal y como afirma la ecofeminista Yayo Herrero, vivimos en un sistema biocida en el que el lugar central lo ocupa el capital, movido por sus lógicas de acumulación, mientras que la vida se resuelve en espacios periféricos, invisibilizados, domésticos y habitualmente feminizados[2].

El efecto más inmediato de esta cuestión es que las personas acabamos teniendo la posibilidad de una representatividad socio-política, en tanto en cuanto somos productivas para el sistema en términos de actividad monetizable. Es decir, las lógicas mercantilistas y de producción se ponen en el centro mientras que los lugares en los que se sostiene y cuida la vida quedan relegados a esferas invisibilizadas y despolitizadas.

Esto es un efecto directamente relacionado con el hecho de situar las políticas mercantiles en el centro; todo lo que no puede medirse con la vara del dinero, como es el caso de los cuidados, queda fuera de cualquier participación política. Así se da este alarmante proceso de invisibilización como ejercicio de poder de esos cuerpos que cuidan, que no producen cosas sino bienestar, y que procuran una vida que merece ser vivida. Es importante entender que esa idea de cuerpo no está asociado en todos los casos a una situación permanente. En algunos casos, hay que entenderlo más bien como un acto de cuidado, y reflexionar sobre la representatividad socio-política que ello tiene.

De esta manera, los sujetos y las acciones que se ubican en esos espacios no cuentan con canales de acceso para poder ejercer un poder económico y social pleno, lo que a su vez conlleva que no puedan constituirse en sujetos políticos capaces de ofrecer una resistencia a los procesos de acumulación.

Por su parte, las instituciones se articulan como portadoras y reproductoras de estos mismos procesos de invisibilización. Esto resulta especialmente alarmante en las instituciones culturales, que deben ser espacios de creación de conocimiento y pensamiento crítico pero que, sin embargo, son meras reproductoras de discursos hegemónicos, fruto de la despolitización de las mismas. En este sentido, cabe recalcar que esta cuestión se vuelve especialmente alarmante si entendemos que, como dice Paul B. Preciado, el museo es un aparato performativo, que produce tanto al objeto como al sujeto que dice representar.  Este hecho se convierte en la principal potencialidad del museo: adjudicar un valor de verdad histórica o estética universal y compartida a las cuestiones y objetos que se exponen en el mismo[3]. Dejar de reproducir y desarticular este relato de poder hegemónico debe de ser desde ya, el objetivo fundamental de las instituciones culturales.

Por ello, es precisamente en esos lugares donde debemos generar esas contra-narrativas a los relatos de poder, poniendo nuestro foco de acción en el conflicto capital–vida para que las instituciones de creación de conocimiento empiecen a entenderse a sí mismas como agentes políticos de transformación social.

 

 

DE LA INSTITUCIÓN COMO COSA A LA INSTITUCIÓN COMO VÍNCULO

Hace unos días, una buena amiga me envió el siguiente chiste, que ejemplifica de manera sarcástica y muy directa el momento que atravesamos. Decía así:

– Si eres pobre, viajas en Uber, compras por Amazon y votas a la derecha, es que eres imbécil.

– Pero señor (Walter) Benjamin, no podemos poner eso.

– Ok, entonces pon: “La autoaliención de la humanidad ha alcanzado un grado tal, que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético”.

 

La antropóloga Rita Laura Segato afirma que “la humanidad está inmersa en una fase extrema y apocalíptica en la cual rapiñar, desplazar, desarraigar y explotar al máximo son el proyecto de la acumulación (…) es crucialmente instrumental reducir la empatía humana y entrenar a las personas para que consigan ejecutar, tolerar y convivir con actos de crueldad cotidianos.”[4]

Se refiere a las pedagogías de la crueldad[5], aquellos actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. Dicho de otra manera, son las pedagogías que nos anestesian ante las injusticias sociales y nos hacen bascular de manera naturalizada hacia lógicas propias del capital, mientras que dejamos de lado las que amparan la vida.

Las instituciones culturales son portadoras y reproductoras de estos órdenes sociales, por lo que es urgente plantearse, a cada paso que damos, cuál es el fin último de las propuestas y programas que desarrollamos. Es preciso que la cultura se desembarace de todos los procesos de capitalización que se le han ido solapando para repensarse como bien común y no como recurso. Seguir apostando por políticas culturales que engrosen los modelos de acumulación es una negligencia, es necesario cambiar de modelo de gestión y centrarnos que las instituciones culturales dejen de poner sus esfuerzos en la atracción de turismo en la producción de una imagen nacional y poner el foco en el objetivo real de las mismas, la producción de cultura.

Sólo así podremos transitar de políticas culturales que ponen el foco en los procesos de acumulación que capitalizan y cosifican nuestras relaciones, a dinámicas que pongan en el centro la vida y el valor de entendernos como seres interdependientes.

No nos queda mucho tiempo. Las oportunidades de construir un proyecto de humanidad que ponga la justicia social en el centro son cada vez menos y la manera de hacerlo es decrecer y, como dice Segato, pasar del proyecto histórico de las cosas, al proyecto histórico de los vínculos.[6]

 

 

[1] Pérez Orozco, Amaia. Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficantes de sueños. Madrid. 2014

[2] Herrero, Yayo. Una mirada para cambiar la película. Ecología, ecofeminismo y sostenibilidad. Ediciones Dyskolo. Madrid. 2016.

[3] Paul B. Preciado. Cuando los subalternos entran en el museo: desobediencia epistémica y crítica institucional. Curso de Cultura Contemporánea “Fuera de foco”. MUSAC, 2017.

[4] Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres. Traficantes de sueños. Madrid, 2016

[5] Segato, Rita Laura. Contra-pedagogías de la crueldad. Editorial Prometeo. Buenos Aires, 2018

[6] Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres. Traficantes de sueños. Madrid, 2016

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